Autor: Charles Guignebert Género: ,
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Este libro quisiera ser el complemento de la Evolución de los dogmas. Se inspira en las mismas ideas directrices; pero en lugar de considerar in abstracto las afirmaciones dogmáticas de las religiones en general, se dedica a comprender y a explicar la vida de una religión particular, estudiada en su realidad concreta. Por lo tanto, pretende ocuparse, ante
todo, de hechos; de su sucesión, de su encadenamiento, de su determinación; trata de diseñar en sus grandes líneas una historia, a fin de probar, si es posible, que no es solamente en sus dogmas, sino en la complejidad orgánica de su cuerpo entero donde una religión se somete a la ley de la evolución.

Del medio social donde se constituye, ella toma los elementos primordiales que forman su sustancia y que, organizándose, le dan vida; se adapta, sufriendo transformaciones más o menos profundas de sus órganos, a las exigencias de los medios sucesivos y diversos a los que se ve transportada. Como todo ser viviente, elimina poco a poco sus elementos gastados y muertos y asimila otros, que renuevan su carne y su sangre, y que el ambiente le suministra, hasta el día en que, por una inevitable consecuencia de la duración, el juego de sus facultades de adaptación se modera, luego se detiene; entonces, se torna incapaz de desembarazarse de los residuos inertes y nocivos que en ella se acumulan; incapaz también de nutrirse de la vida, la muerte la invade lentamente, la hiela y llega la hora en que ya sólo sirve para engendrar, de su propia descomposición, un organismo religioso nuevo, al que le espera idéntico destino.

Y, sin duda, es una ley del espíritu humano que —transformándose en algunos aspectos, o inclusive elevándose, de una época a otra, hacia un ideal inconsciente que, sin embargo, algunos creen entrever— un mismo fenómeno se desarrolle, se acabe y recomience incesantemente. Esta es la ley por la que nacen, viven y mueren las religiones.

La religión cristiana será el objeto principal de nuestro estudio y nos dedicaremos, especialmente, a explicar su vida durante los primeros siglos de su existencia; pero, al igual que en el pequeño libro cuyo título he recordado, no me privaré de hacer comparaciones entre los hechos de la historia cristiana y los de la historia de otras religiones. Vive en nosotros un poderoso atavismo, muy difícil de desarraigar, al que le ha dado forma la cultura romano-cristiana, que nos inclinaría a creer que el cristianismo ha podido salvarse de ser una religión como las otras, que ha nacido y proseguido su larga carrera hasta nuestros días siguiendo modos excepcionales y que no perecerá. La sola comparación puede desvanecer esta ilusión y reemplazarla por una visión desalentadora, no digo que no, pero al menos exacta, de la realidad histórica. ¿No es atreviéndose a mirar de frente lo que fue y lo que es como el hombre se elevará hasta la clara inteligencia de su destino y de su deber, en vez de esforzarse en ocultar la verdad de los hechos tras los velos de sus sueños y el ornamento de sus deseos?

¿Tengo que añadir que el presente ensayo no pretende ofrecerse como un cuadro completo de la historia del cristianismo en la antigüedad y que sólo aspira a presentar, en forma accesible a todos, y siguiendo un plan que juzga demostrativo, un conjunto de hechos y consideraciones que haga inteligible el desarrollo de esta historia? Me ocurrirá más de una vez, sobre todo en los primeros capítulos, hacer afirmaciones importantes sin acompañarlas de todo el aparato de sus pruebas. Como se comprenderá, en un esbozo de este género no hay lugar para las minuciosas discusiones exegéticas y espero que el lector, considerando que me ocupo desde hace una quincena de años, en la Sorbona, del estudio crítico del Nuevo Testamento, confiará en mí y supondrá que no aventuro nada que no me haya merecido reflexiones frecuentes y prolongadas.